Capítulo 2


MISTERIO EN LA LAGUNA. CAPITULO 2

San Cristóbal de La Laguna, en la actualidad.

La lluvia azotaba con fuerza los coches aparcados en la calle del Agua. A las cuatro de la madrugada, ningún viandante recorría las vacías calles de La Laguna. Solo un vehículo, un Mercedes negro 300D de 1960, se atrevía a enfrentar el aguacero que caía sobre la ciudad bajo la impertérrita conducción de su chófer, Olegario Mora, un tipo robusto con pinta de ex boxeador, que hacía las veces de conductor y guardaespaldas de Luis Ariosto, un excéntrico humanista de cincuenta y tantos bien conservados que ocupaba el asiento trasero del coche, absorto en la lectura de las últimas noticias de un periódico digital en su móvil.
–Se están planteando la suspensión de la salida del Cristo hacia la catedral prevista para mañana como no cese esta lluvia –le comentó a voz alta al chófer.
–Sería una pena, señor. Conozco mucha gente que es muy devota del Cristo y están todo el año pensando en estas fiestas.
–Septiembre es un mes que a veces es la prolongación del verano, pero en otras ocasiones es la antesala del otoño.
–La Laguna es imprevisible, pero todos saben que siempre hay que traer algo de abrigo y un paraguas.
–Completamente de acuerdo –concluyó Ariosto.
El automóvil pasó por delante del Casino y luego del convento de las Clarisas y se detuvo en la entrada de la comisaría de Policía.
–Extraña hora para que el inspector Galán le cite aquí, si me permite decirlo, señor.
–Estoy bastante intrigado. Me ha pedido encarecidamente que subiera de inmediato. Espéreme un rato, Sebastián, haga el favor. Le avisaré si me entretengo demasiado.
Ariosto insistió en que él mismo abriría la puerta y el paraguas que llevaba, en ese orden. Bajó del coche y se dirigió a la entrada de la comisaría. Tras un cristal un agente conocido hizo señas a Ariosto para que no se detuviera y siguiera hacia dentro.
Ariosto subió al primer piso del edificio. Vio a varios policías saliendo y entrando del despacho de Galán. Reconoció de inmediato al subinspector Ramos, un tipo ancho con el pelo canoso que cargaba con su eterna expresión, a veces fingida, de mal humor. Se dirigió hacia él.
–Buenas noches, Ramos –saludó–. Parece que hay movimiento esta noche.
Ramos le dedicó una mirada amable al tropezárselo.
–Buenas noches, don Luis. No me hable. Lo que ha ocurrido no tiene nombre. Pero no le voy a entretener, el inspector le está esperando.
Ariosto se asomó a la puerta del despacho de Galán. Esperó a que despachara a un agente de uniforme y entró en cuanto terminó.
–Buenas noches, Antonio. ¿Algo grave?
Galán levantó la vista ante la llegada de su amigo. Con un ademán le pidió que se sentara.
–Buenas noches, Luis. Perdone que le haya levantado de la cama a estas horas, pero tenemos entre manos un asunto que exige su presencia aquí.
–Tendrá que compensármelo con una de esas botellas de vino francés que consigue su hermano, el que vive en París.
–Cuente con ello. Verá, como sabe, hoy es la víspera de la procesión del Cristo del santuario a la catedral.
–Eso tengo entendido.
–Hace un par de horas hemos recibido una llamada del sacristán del santuario del Cristo. Alguien ha forzado las puertas de entrada y ha allanado el templo.
La noticia sobresaltó a Ariosto. No era nada usual que alguien hiciera algo así, y menos justo cuando las fiestas estaban a punto de empezar.
–¿Y qué ha pasado?
–No lo tenemos demasiado claro. Al parecer, según el cura, no falta nada en el templo. Solo hay un elemento fuera de lugar, el Cristo.
–¿Fuera de lugar?
–Los que entraron han descolgado el Cristo de su altar. Han separado la estatua de la cruz y la han dejado en el suelo.
–Don Fermín, el párroco, debe considerar que se trata de todo un sacrilegio.
–Eso creo, aunque no me preocupa el cura. La estatua está intacta, eso es lo curioso. No le han hecho nada más allá de descolgarla y desligarla de la cruz.
–Bueno, al menos no ha sufrido daño. Estaba inquieto por esa posibilidad –Ariosto se detuvo un segundo antes de preguntar–. ¿Y en qué le puedo ayudar?
–En el suelo, al lado de la estatua, hemos encontrado un móvil antiguo, de esos que solo servían para hacer llamadas telefónicas.
–Hasta hace muy poco yo los usaba. Nunca se estropeaban y la batería duraba días, no como los aparatos de hoy.
–Lo que explica mi llamada, Luis, es que el teléfono estaba encendido y, al revisar la memoria de llamadas efectuadas con anterioridad, solo apareció una. Y no me ha costado reconocer su número de móvil personal. Ese que acaba en cinco nueves seguidos.
Ariosto dio un respingo.
–¿Mi número? ¿Y con una llamada a mi móvil?
Sacó el teléfono del bolsillo de su pantalón y consultó las llamadas recibidas.
–Pues es verdad –le comentó al policía–. Tengo una llamada perdida de un número oculto. No la habré escuchado. De cualquier manera, tengo por norma no contestar llamadas de números ocultos, el que llama siempre trata de vender algo o tiene algo que esconder. Respecto a la llamada en sí, no tengo ni idea de quién puede ser.
–Me lo imaginaba, Luis. Pero ahí no acaba el asunto. El autor del allanamiento ha dejado en la pared de la iglesia un mensaje pintado con spray.
–Qué curioso que dejen un mensaje,
–Más que curioso, dado que va dirigido a usted.
–¿A mí? ¿Qué me está diciendo?
Galán se levantó.
–¿Le parece si nos acercamos al Cristo?




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