Capítulo 3
MISTERIO EN LA LAGUNA. CAPITULO 3
Marta no podía dormir. Se despertó y
miró el reloj de la mesita de noche: las cuatro de la madrugada. Trató de
dormirse de nuevo poniéndose de medio lado en la cama. La ausencia de Antonio
Galán, su pareja, al otro lado del lecho tampoco ayudaba. Se volvió al otro
lado y no resultó. Se cansó de mirar al techo oscuro y se levantó. Recordó que
su madre siempre decía que para el insomnio no había nada mejor una infusión de
tila con valeriana. Se puso la bata y se dirigió a la cocina. Buscó en la alacena
el estante de los productos duraderos. En una caja de madera heredada de su tía
Angelines guardaba todas las infusiones. Examinó los sobres de tila y de
valeriana y comprobó que no habían caducado. El paso del tiempo era rápido en
lo que tocaba a la caducidad de las infusiones. Puso a calentar agua en un
caldero pequeño y se dispuso a esperar a que hirviera.
Le vinieron a la memoria los
acontecimientos que había vivido aquella misma tarde. A eso de las cinco, recibió
en su despacho de la facultad de Historia del campus de Guajara una llamada de don
Adrián, el director del Archivo Histórico Diocesano, en la que le preguntaba si
podía acercarse a la sede cuanto antes. Marta conocía de mucho tiempo atrás al
sacerdote que regentaba la institución, por lo que respondió afirmativamente de
inmediato.
Tuvo la suerte de encontrar plaza en el
aparcamiento de la calle Remojo, mucho más barato que los demás circundantes, y
dejó allí el coche. El trayecto desde allí hasta el archivo era un breve paseo
de cinco minutos.
La edificación donde se ubicaba el centro
de documentación era una casa típica lagunera de dos plantas, pintada de rojo
teja, con cuatro ventanas en la parte superior y dos puertas en la planta baja.
Un cartel minúsculo junto a la entrada principal indicaba que tras aquellos
muros se custodiaban miles de documentos de los últimos quinientos años de la
historia eclesiástica de Canarias.
Marta entró en la casa y encontró a su
izquierda una escalera de piedra que subía al piso superior, donde se halaba la
sala de investigadores y el área
administrativa. Enfrente, la luz de la tarde embellecía un lustroso patio
interior abalconado, del más puro estilo canario. Marta se dijo que aquel lugar
transmitía la esencia lagunera en todos sus detalles.
Subió por la escalera y llegó al
despacho del director. Tocó a la puerta y el titular del mismo, un religioso
vestido de calle, de unos sesenta años, pelo canoso y barriga incipiente, le
abrió.
-Bienvenida, Marta. –la arqueóloga
detectó en la expresión de don Adrián algo de alegría y un mucho de alivio.
-¿Cómo estás, Adrián? Hacía tiempo que
no te veía.
-Yo, de maravilla hasta esta mañana.
Ahora tengo un nudo en el estómago que no se me quita.
Marta pensó en qué tipo de infusión le
podría valer al director del archivo, pero decidió no profundizar en el tema.
-Me imagino que me has llamado para
tratar de ayudar a desenredar ese nudo.
-Eso espero. Llevamos unas semanas de
obras en la parte posterior de la casa. Es como una pesadilla.
Marta asintió. Meterse en una obra
doméstica en los tiempos que corrían era toda una temeridad. No se sabía cuándo
se terminaría ni lo que podría costar por encima del presupuesto inicial.
-Es un mal necesario, supongo.
-Ni te lo imaginas, querida. Pues
resulta que los obreros estaban quitando el revoco antiguo de uno de los muros
de la parte de atrás de la construcción, la que da al patio de manzana, y se
les ha desprendido una piedra de la pared.
-Los muros exteriores de estas casas
eran generalmente de piedra. El tiempo ha podido hacer que se deteriore la
argamasa. Ocurre de vez en cuando, Adrián.
-Lo sé, pero no se trata de eso. Es que
hemos descubierto algo fuera de lo común.
La arqueóloga trato de disimular la
intriga que la habían producido las palabras del director.
-Y por eso me has llamado.
-Necesito tu asesoramiento profesional.
No sé qué hacer.
-Veamos el descubrimiento.
Don Adrián le indicó la salida y
retomaron el camino que Marta había hecho, pero a la inversa. Bajaron al patio
interior y se adentraron en la parte posterior de la casa donde se almacenaban
miles de cajas con documentos antiguos, fruto de la labor conservadora de
tantos y tantos hombres de iglesia. Pasaron entre decenas de estanterías hasta
llegar a la parte posterior de la casa. La construcción terminaba en dos estancias
no dedicadas a la conservación de documentos que estaban adosadas al muro exterior.
Era el lugar donde se desarrollaban las obras. Un agujero en uno de los muros
indicó a la arqueóloga el sitio referido por el director.
-Acércate y asómate, Marta. –tomó una
linterna que estaba apoyada en el muro y se la cedió.
La arqueóloga encendió la linterna e
introdujo la cabeza en el hueco, alumbrándose con ella. Descubrió un espacio
estrecho, de apenas cincuenta centímetros de ancho entre muro y muro.
-Es un tabique doble. ¿Lo harían para
aislar del frío?
-Mira al suelo, Marta.
Su mirada se desvió a la parte baja del
muro y lo vio. Un esqueleto desarticulado
se amontonaba sobre un suelo de tierra.
-Esto no me lo esperaba –acertó a decir.
-¿Te has fijado en el brazo?
Marta buscó el brazo en el suelo pero no
lo encontró. Se fijó mejor y lo descubrió. Estaba colgando a media altura de
una anilla oxidada, muy antigua, fija en la pared.

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