MISTERIO EN LA LAGUNA. CAPÍTULO 29

Santa Cruz de Tenerife

 Olegario llevó su Opel Corsa por la autovía del Norte a ciento treinta kilómetros por hora la mayor parte del trayecto entre El Puerto de la Cruz y Santa Cruz. Hubo tramos, como la subida hacia La Quinta, que el coche no podía alcanzar más alá de los noventa pero, en los intervalos de escasa pendiente, se comportó.
En la bajada de La Laguna tuvo que levantar el pie del acelerador, tampoco era cuestión de que la Guardia Civil lo parase por exceso de velocidad. Entró en la ciudad por las Ramblas, a esa hora con bastante tráfico, y tuvo que sufrir con escasa paciencia la eterna descoordinación de los semáforos de aquella vía. Entró por Costa y Grijalba y bajó hasta la plaza de los Patos.
El chófer, como todos, sabía que ya no había patos en la plaza, e incluso que se llamaba oficialmente del 25 de Julio pero, en su tiempo, cien años atrás, los hubo, aunque ahora lo que lucía era una espléndida rotonda de aire andaluz con una fuente rodeada de ranas y con un ganso en el centro, todos lanzando agua por la boca. El conjunto era gemelo de otro existente en el parque de María Luisa, en Sevilla, y el chófer se imaginó que hacer dos plazas iguales tuvo que deberse al capricho de alguien o a su afán de ahorro: dos por el precio de una.
Olegario estaba rodeando la plaza circular cuando se percató de la presencia de un coche conocido, el Audi oscuro, estacionado en un vado municipal, al lado de la parada del autobús urbano -la guagua-, justo delante de la antigua iglesia anglicana que, rodeada de unos jardines bien cuidados, destacaba incongruente con su serena belleza en la plaza.
“También es casualidad que haya visto a este coche aparcado cerca de las dos iglesias inglesas que hay en la isla”, se dijo el chófer.
Pasó con su Opel junto al Audi y echó un vistazo a los asientos delanteros, los de atrás eran invisibles por los cristales oscurecidos. Vio al conductor de la señora, con el asiento algo abatido, durmiendo tranquilamente. Olegario miró su reloj. Las doce del mediodía no era hora para siestas. Tal vez no hubiera dormido bien la noche anterior, al igual que él.
Más tranquilo, se disponía a aparcar el coche en la entrada de garaje de la mansión de Ariosto cuando vio que uno de los coches aparcados en la subida de Viera y Clavijo encendía el intermitente izquierdo con la intención de salir. Frenó y esperó a que se desocupara la plaza de aparcamiento de la calle, “una suerte increíble”, pensó, y aparcó a continuación.
Cerró el coche y echó otro vistazo al Audi. Desde donde estaba podía verse al conductor en su descanso particular. Le llamó poderosamente la atención que aquel tipo pudiera dormir en medio del ajetreo del tráfico circundante, con un calor que ya se dejaba sentir, y con el automóvil parado y las ventanillas subidas. Debía de estar asándose, literalmente.
Escamado, se acercó al automóvil. Trató de disimular su curiosidad actuando como uno de los cientos de peatones que pasaban por allí todos los días. Al llegar a unos cuatro metros del coche pudo observar mejor a su colega. Dormía con la cabeza apoyada en la parte superior del respaldo del asiento, algo ladeada a la derecha. Su rostro, con los ojos cerrados, no transmitía ninguna expresión.
Le llamó la atención que no llevara puestas las gafas de sol, un detalle que le podía ayudar a conciliar el sueño en un día tan luminoso. Se arrimó al vehículo y comprobó que las gafas estaban junto a la palanca de cambios. Ya sin disimulo, pegó su rostro a la ventanilla del copiloto y se hizo sombra con la palma de la mano para ver mejor el interior. Para su sorpresa, comprobó que en la sien derecha, casi oculta por la inclinación de la cabeza, aparecía un hematoma oscuro del que resbalaba un hilillo de sangre. Alarmado, tocó con los nudillos en la ventanilla para tratar de despertarlo, pero el hombre no se inmutó. Dirigió la mano a la cerradura y la puerta se abrió. Se introdujo en la cabina y zarandeó por el hombro al conductor, que no despertó. Pudo ver mucho más de cerca el golpe que había sufrido en el cráneo. “Una cachiporra”, se dijo, conocía las marcas que dejaba ese tipo de arma. Comprobó el pulso en la carótida y supo que estaba vivo. Se echó atrás y salió del coche. No tuvo que pensarlo dos veces: si aquel hombre estaba en esas condiciones es que alguien lo había atacado. Alguien que conocía a dónde iba o que lo había seguido por el camino. Alguien que iba detrás de la señora Duguesclin, y con no muy buenas intenciones, visto lo visto. Y la señora francesa tenía una cita con Ariosto en aquel mismo momento.
Cerró la puerta del Audi y salió corriendo en dirección a la mansión de su jefe. Cruzó los pasos de peatones de la plaza casi sin mirar provocando más de un frenazo de los coches que circulaban por allí y llegó en dos minutos a la puerta metálica de acceso al garaje de Ariosto, por donde siempre entraba. Al primer vistazo se dio cuenta de que la cerradura estaba forzada.
Alguien había entrado por allí.


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Estos capítulos corresponden a una iniciativa de Mariano Gambín, en colaboración con sus amigos de Facebook, para aportar un rato de entretenimiento en estos días de reclusión forzosa.
Si has llegado tarde al inicio, puedes leer los demás capítulos en misterioenlalaguna.blogspot.com, y ofrecer ideas para su continuación.



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