Santa Cruz de Tenerife
En la bajada de La Laguna tuvo que
levantar el pie del acelerador, tampoco era cuestión de que la Guardia Civil lo
parase por exceso de velocidad. Entró en la ciudad por las Ramblas, a esa hora con
bastante tráfico, y tuvo que sufrir con escasa paciencia la eterna descoordinación
de los semáforos de aquella vía. Entró por Costa y Grijalba y bajó hasta la
plaza de los Patos.
El chófer, como todos, sabía que ya no había
patos en la plaza, e incluso que se llamaba oficialmente del 25 de Julio pero, en
su tiempo, cien años atrás, los hubo, aunque ahora lo que lucía era una espléndida
rotonda de aire andaluz con una fuente rodeada de ranas y con un ganso en el
centro, todos lanzando agua por la boca. El conjunto era gemelo de otro
existente en el parque de María Luisa, en Sevilla, y el chófer se imaginó que hacer
dos plazas iguales tuvo que deberse al capricho de alguien o a su afán de ahorro:
dos por el precio de una.
Olegario estaba rodeando la plaza circular
cuando se percató de la presencia de un coche conocido, el Audi oscuro, estacionado
en un vado municipal, al lado de la parada del autobús urbano -la guagua-, justo
delante de la antigua iglesia anglicana que, rodeada de unos jardines bien
cuidados, destacaba incongruente con su serena belleza en la plaza.
“También es casualidad que haya visto a este
coche aparcado cerca de las dos iglesias inglesas que hay en la isla”, se dijo
el chófer.
Pasó con su Opel junto al Audi y echó un
vistazo a los asientos delanteros, los de atrás eran invisibles por los
cristales oscurecidos. Vio al conductor de la señora, con el asiento algo
abatido, durmiendo tranquilamente. Olegario miró su reloj. Las doce del mediodía
no era hora para siestas. Tal vez no hubiera dormido bien la noche anterior, al
igual que él.
Más tranquilo, se disponía a aparcar el
coche en la entrada de garaje de la mansión de Ariosto cuando vio que uno de
los coches aparcados en la subida de Viera y Clavijo encendía el intermitente izquierdo
con la intención de salir. Frenó y esperó a que se desocupara la plaza de
aparcamiento de la calle, “una suerte increíble”, pensó, y aparcó a continuación.
Cerró el coche y echó otro vistazo al Audi.
Desde donde estaba podía verse al conductor en su descanso particular. Le llamó
poderosamente la atención que aquel tipo pudiera dormir en medio del ajetreo
del tráfico circundante, con un calor que ya se dejaba sentir, y con el automóvil
parado y las ventanillas subidas. Debía de estar asándose, literalmente.
Escamado, se acercó al automóvil. Trató de
disimular su curiosidad actuando como uno de los cientos de peatones que
pasaban por allí todos los días. Al llegar a unos cuatro metros del coche pudo
observar mejor a su colega. Dormía con la cabeza apoyada en la parte superior
del respaldo del asiento, algo ladeada a la derecha. Su rostro, con los ojos
cerrados, no transmitía ninguna expresión.
Le llamó la atención que no llevara
puestas las gafas de sol, un detalle que le podía ayudar a conciliar el sueño en
un día tan luminoso. Se arrimó al vehículo y comprobó que las gafas estaban
junto a la palanca de cambios. Ya sin disimulo, pegó su rostro a la ventanilla
del copiloto y se hizo sombra con la palma de la mano para ver mejor el
interior. Para su sorpresa, comprobó que en la sien derecha, casi oculta por la
inclinación de la cabeza, aparecía un hematoma oscuro del que resbalaba un
hilillo de sangre. Alarmado, tocó con los nudillos en la ventanilla para tratar
de despertarlo, pero el hombre no se inmutó. Dirigió la mano a la cerradura y
la puerta se abrió. Se introdujo en la cabina y zarandeó por el hombro al
conductor, que no despertó. Pudo ver mucho más de cerca el golpe que había sufrido
en el cráneo. “Una cachiporra”, se dijo, conocía las marcas que dejaba ese tipo
de arma. Comprobó el pulso en la carótida y supo que estaba vivo. Se echó atrás
y salió del coche. No tuvo que pensarlo dos veces: si aquel hombre estaba en
esas condiciones es que alguien lo había atacado. Alguien que conocía a dónde iba
o que lo había seguido por el camino. Alguien que iba detrás de la señora Duguesclin,
y con no muy buenas intenciones, visto lo visto. Y la señora francesa tenía una
cita con Ariosto en aquel mismo momento.
Cerró la puerta del Audi y salió corriendo
en dirección a la mansión de su jefe. Cruzó los pasos de peatones de la plaza casi
sin mirar provocando más de un frenazo de los coches que circulaban por allí y
llegó en dos minutos a la puerta metálica de acceso al garaje de Ariosto, por
donde siempre entraba. Al primer vistazo se dio cuenta de que la cerradura estaba
forzada.
Alguien había entrado por allí.
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Estos capítulos corresponden a una
iniciativa de Mariano Gambín, en colaboración con sus amigos de Facebook, para
aportar un rato de entretenimiento en estos días de reclusión forzosa.
Si has llegado tarde al inicio, puedes
leer los demás capítulos en misterioenlalaguna.blogspot.com, y ofrecer ideas
para su continuación.

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