MISTERIO EN LA LAGUNA. CAPÍTULO 13
La procesión de la imagen del Cristo
tuvo como protocolo previo, tras la misa y la imposición de medallas a cuatro
nuevos esclavos, miembros de la hermandad denominada Esclavitud del Cristo, el
momento del descendimiento, que era bajar la estatua del crucifijo.
Muy pocos sabían que ese mismo proceso
se había hecho la noche anterior de modo muy poco decoroso. El párroco y el
obispo, con la complicidad de la policía, habían acordado mantener el secreto
hasta que las investigaciones de los cuerpos de seguridad dieran algún fruto. Las
inscripciones de la pared habían sido convenientemente ocultadas con un paño de
seda púrpura que colgaba desde el techo adosado al muro, como ya se había hecho
en otras ocasiones.
Don Fulgencio, el cura, dio las órdenes
precisas al sacristán y demás acólitos para realizar la maniobra con sumo
cuidado. En la mente de todos estaba aquella ocasión en que un descuido provocó
la rotura de varios dedos del pie de la estatua, y no debía volver a repetirse.
Estaban presentes el rector del Santuario, el arcipreste de La Laguna, el
alcalde de la ciudad, el esclavo mayor y el presidente de la Junta de
Hermandades y Cofradías de La Laguna, todos luciendo sus mejores galas. A
continuación, se produjo el tradicional acto del besapié, durante el cual se
empezaron a escuchar las salvas en honor a la venerada imagen. Aquel año se
había trasladado la misa a los momentos anteriores a la procesión y no al
mediodía, debido a problemas de agenda de varios de los asistentes.
La estatua fue colocada en otro
crucifijo sobre un paso, sobre el que salió en solemne procesión en dirección a
la catedral. La escoltaron los miembros de la hermandad, todos hombres ataviados
de riguroso negro con cirio en mano y una banda de música, además del público que
así quiso hacerlo.
La comitiva rodearía la plaza del Cristo
y tomaría por la calle Quintín Benito hasta la esquina de Juan de Vera, donde
está la Capilla de los Herreros, y luego giraría a la izquierda por esa última
en dirección a la Catedral, con parada en el Hospital de Dolores.
Ariosto se mezcló con el público
congregado en torno al santuario del Cristo. A pesar de haber recibido
invitación para el acto solemne dentro del templo, prefirió caminar por la
plaza dejándose ver, que entendía era lo mejor que podía hacer para acudir a la
cita del misterioso sobre.
Los minutos pasaron sin que nadie se le
acercase, y la procesión salió del santuario, pasó por delante de donde él se
encontraba, en la esquina con la calle del Agua, y siguió por su recorrido tradicional.
Ariosto, a falta de otra cosa mejor que hacer, siguió al cortejo uniéndose a
muchos fieles que así lo hacían. De vez en cuando echaba una mirada a su
alrededor, para comprobar si alguien lo seguía a él o se acercaba de modo
sospechoso, pero no vio nada que le llamara la atención. El desfile de personas
pasó por delante de la Capilla de la Cruz de los Álamos, por la antigua calle
de los Álamos, nombre que se le daba a la actual Tabares de Cala, y siguió
recto hacia el oeste.
Antes de llegar a la siguiente esquina,
donde el giro a la izquierda hacía que se produjese un parón en el caminar,
Ariosto vio entre el público al archivero Pedro Hernández, sin su bata blanca,
pero con chaqueta y corbata, muy ceremonioso. Se acercó a él para saludarlo.
-¡Amigo Pedro! ¡Cuánto celebro
encontrarlo!
-¡Luis! ¿Cómo está?
A pesar de se conocían bien desde hacía
años, Pedro le seguía la corriente a Ariosto de tratar a todo el mundo de
usted, lo consideraba una extravagancia
más de su amigo.
-Estupendamente. Siguiendo a la
procesión, como puede ver. Y con algo de expectación.
-¿Expectación? ¿Por qué?
-Tengo una cita aquí, pero no sé con
exactitud con quién ni en qué lugar.
-Es una forma algo extraña de concertar
una cita, pero me imagino que es algo a lo que está acostumbrado, con tanto
misterio entre manos.
-Usted siempre de broma. ¿Sabe lo que
ocurrió anoche en el santuario?
Ariosto le contó a Pedro el allanamiento,
las pintadas en el santuario y el extraño sobre recibido en su casa.
-Amigo Luis, lo que me está contando me
deja pasmado. No sé si sería mejor que fuera escoltado. ¿Dónde está Sebastián?
-Tiene el día libre. No puedo abusar
tanto de su disposición. Pues aquí estoy, esperando que alguien se me acerque,
y nadie llega.
-Tal vez mi presencia espante a su cita.
Si le parece, nos separamos y yo caminaré unos metros atrás, vigilante, por si
veo algo relacionado con lo que me cuenta.
-De acuerdo. Nos vemos en la catedral.
Ariosto siguió su camino al paso lento
del enorme grupo de personas que le antecedía. Comenzó la calle Juan de Vera y
pasó varias bocacalles hasta llegar a San Agustín, donde escuchó las campanas
de la catedral tocando a rebato, lo que significaba que la cabecera de la
procesión había entrado en el templo.
Ariosto continuó con la muchedumbre
hasta llegar a la puerta oeste de la catedral, abierta para tan insigne
ocasión. Los que quisieron entrar en el templo lo hicieron y el resto comenzó a
disolverse. No había tenido ningún contacto directo con nadie en todo el trayecto
desde que dejó a Pedro Hernández. Lo esperó cerca de la puerta y lo vio llegar
al cabo de unos minutos.
-Nada -dijo Ariosto-. Ni el más mínimo
rastro de quien me citó aquí.
Pedro parecía cariacontecido.
-Pues no le habrán contactado, pero
estoy seguro de que le han seguido.
-¿Cómo lo sabe?
-Pues porque en un momento en que se agrupó
mucho la gente, noté varios achuchones por todos los lados, y unos instantes
después me di cuenta de que me habían introducido un sobre en el bolsillo de la
chaqueta sin que pudiera ver quién lo hizo.
Pedro se lo enseñó a Ariosto. Era
exactamente igual que el que dejaron en su casa. Incluso por fuera aparecía
escrito su apellido, sin más señas. Lo tomó de la mano de Pedro y sin más, lo
abrió allí mismo. Otra simple frase se leía en la octavilla del interior.
En San Juan a
medianoche. Venga solo.
-Vaya, es un continuará –dijo, tras
leerlo.
Pedro se acercó y miró por encima del
hombro de Ariosto.
-¿Me dejara acompañarle?
Ariosto se volvió hacia su amigo.
-Aquí dice que acuda solo. No quisiera
que esta nueva cita se diera al traste por no seguir las instrucciones.
-Como quiera, amigo mío. Pero yo, de
usted, tomaría alguna precaución. No son horas de quedar un domingo por la
noche.
-En eso estoy de acuerdo con usted. En
algo estoy pensando.

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