MISTERIO EN LA LAGUNA. CAPÍTULO 22.
Calle Numancia, Santa Cruz de Tenerife
Adela intentaba terminar de pasar el paño del polvo en su salón antes de que llegara Ariosto. Aunque Belkis, la asistenta, ya lo había hecho el día anterior, ella nunca consideraba la casa lo suficientemente limpia, sobre todo de un día para otro.
Ariosto, Luisito para ella, la había llamado a primera hora para hablarle de un asunto importante que no podía revelar por teléfono, por lo que le pidió verla en su casa en cuanto fuera posible. Con independencia de los misterios de su sobrino adoptivo, en los que siempre andaba metido en los últimos años, lo que le preocupó de inmediato fue el aspecto personal que ofrecería a su visita y el grado de acumulación de polvo en toda la vivienda. Por eso insistió en que tardara al menos una hora y media, tiempo imprescindible para arreglarse un poco y pasar el paño por los lugares imprescindibles de su hogar.
La llamada, y luego la inminente visita a horas desacostumbradas, había roto su rutina de los lunes y miércoles, que consistía en seguir, antes de desayunar, las enseñanzas del maestro Juan Capadocia sobre meditación orgánica y transcendencia multiuniversal a través de su canal de Youtube. Luego, tomaría algo y vería el programa de la Cinco, que la entretenía tanto. Los martes y jueves tocaba ejercicio, un taller circular de Tai-chi-yoga-zen que impartía la conocida mentalista Mariló Constancia, un sensacional descubrimiento que recomendaba a todas sus amistades. Los viernes, tocaba aperitivo en el Casino o en el Mencey, acontecimiento cuya preparación no le dejaba tiempo para hacer otras cosas.
El timbre del portero eléctrico sonó demasiado puntual, añadiéndole un extra de estrés al que ya tenía. Comprobó que era Luis y pulsó el botón de apertura del portal. Corrió a dejar el paño en la solana y todavía le dio tiempo a mirarse un instante en el espejo. Abrió la puerta de la vivienda con su mejor sonrisa antes de que sonara el segundo timbre.
-¡Luisito! ¡Qué agradable sorpresa!
Ariosto entró en la casa de Adela y sonrió a su vez.
-Buenos días, Adela. Perdona las prisas.
Se dieron el par de besos de costumbre y la mujer cerró la puerta tras él.
-No pasa nada, pero me tienes intrigada.
Ariosto se dirigió a la cocina sin preguntar y sin darse cuenta de la expresión de Adela al constatar que no iba a apreciar la impoluta limpieza que existía en el salón.
-¿Nos tomamos un té? –preguntó el recién llegado con total confianza. Conocía todos los recovecos de aquella casa desde que era un niño.
Adela le siguió a la cocina y le obligó a sentarse para que no le tocara las cosas, odiaba que le desordenasen su disposición Fen-Shui y que con ello disminuyera la energía Chi que era necesaria para los alimentos. Tras comprobar que le obedecía y se estaba quieto, comenzó a preparar la bebida.
-Tienes ojeras, Luisito. No estás durmiendo bien.
Ariosto asintió, era inevitable disimularlo con su tía.
-Tienes razón. Llevo dos noches durmiendo poco.
-Para eso lo mejor es una infusión de valeriana, no sé si ya te lo han dicho.
-Pues sí –Ariosto recordó a Enriqueta, la hermana de Adela-, pero la causa de no dormir no es el insomnio, sino porque he estado fuera de mi casa hasta altas horas de la madrugada.
-Deberías sentar la cabeza. Los fines de semana pasan luego factura.
-No ha sido por estar de fiesta, te lo aseguro.
Ariosto le contó a Adela las extrañas circunstancias que rodeaban la inscripción de la iglesia del Cristo, el sobre perfumado y la conversación con la señora Duguesclin. Cuando terminó el relato, el té, un Da-Hong Pao, ya estaba hecho y ambos habían consumido taza y media. Adela no podía disimular su excitación.
-¡El Grial! ¡Qué interesante! ¡Un misterio arcano no resuelto! De los que me gustan a mí. No sé si sabes que me atrae todo lo misterioso.
-No me había dado cuenta –respondió con sorna Ariosto-. La cuestión que me trae aquí, además de para contarte todo esto, es para recoger el crucifijo de mi padre que te presté hace unos meses. ¿Terminaste con él?
-Sí, la ceremonia de santificación del local de Mariló se realizó con todo éxito. Ese crucifijo tiene cualidades extraordinarias, me lo aseguró ella.
-Entonces será así. Mariló debe de ser toda una autoridad en el tema.
Adela no quiso darse cuenta de la socarronería de su sobrino.
-Tienes que conocerla, seguro que te da un buen par de consejos.
-No lo dudo. ¿Dónde lo tienes?
Adela se levantó rápidamente antes de que lo hiciera Luis.
-En el dormitorio. Lo traigo enseguida.
La dueña de la casa desapareció por el pasillo y volvió en unos segundos con la pieza de madera en las manos. La depositó en la mesa y ambos la contemplaron con detenimiento.
-Para ser la clave de un secreto tan importante, no le veo nada especial –dijo él.
Aristo levantó el crucifijo y lo examinó por todos lados.
-La figura del Cristo es de marfil, lo que es, al parecer, una singularidad. La cruz es de madera oscura con varias capas de barnices.
-Normal, al ser tan antigua. Habrá necesitado que la retoquen de vez en cuando.
Ariosto buscó la base del crucifijo.
-Fíjate, tiene un agujero cuadrado por debajo, como si estuviera pensado para insertar la cruz en un soporte.
-Muchas veces esas cruces se colocaban sobre un palo para llevarlas en procesión. Así, en alto, la gente podía verlas mejor.
-Pero esta la veo un poco pequeña para eso, ¿no te parece?
-Pues sería una procesión dentro de casa –respondió con total naturalidad.
Ariosto la miró con curiosidad.
-Yo hago procesiones en el pasillo -dijo Adela-. ¿Tú no?
-Pues no me acuerdo de la última –respondió, divertido.
Le dio otra vuelta al objeto, tratando de desentrañar un misterio que no alcanzaba a descubrir.
-La verdad es que no sé dónde puede estar la clave.
-Tal vez no seas tú la persona indicada para encontrar la llave que abre ese secreto. Eres demasiado descreído.
Ariosto no se sintió molesto, Adela tenía razón.
-Una cosa te voy a decir, Luis. Mariló se quedó prendada de este crucifijo. Me hizo incluso una oferta de compra. Tuve que rechazarla, por supuesto, dado que no soy su propietaria. Pero, al preguntarle por la razón de su interés, me dijo algo extraño.
Ariosto enarcó una ceja. Cualquier cosa que dijera Mariló debería sonar extraña.
-¿Qué te dijo?
-Que ese Cristo traería a su poseedor fortuna o desgracia. Todo dependería de la pureza de espíritu con la que se mirara en su interior.
Ariosto enarcó ahora las dos cejas.
-¿Pureza de espíritu?
-Eso es. Debe tener un significado oculto. A veces, es tan misteriosa. Me encanta.
Ariosto se encogió de hombros. El oculto mensaje de Mariló era tan oculto que no le decía nada.
-Es posible que la señora Duguesclin sepa dónde mirar. He quedado con ella al mediodía en mi casa.
-¡Dios mío! ¿Hoy? ¡Si no me ha dado tiempo a ir a la peluquería! ¡Y no voy a faltar a esa cita!
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Estos capítulos corresponden a una iniciativa de Mariano Gambín, en colaboración con sus amigos de Facebook, para aportar un rato de entretenimiento en estos días de reclusión forzosa.

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