MISTERIO EN LA LAGUNA. CAPÍTULO 27

Puerto de la Cruz

Olegario estudió el talante de la persona que le cerraba el paso en el distribuidor del ala este del Hotel Taoro. No parecía un tipo muy fuerte ni tampoco daba la impresión de pisar con mucha seguridad. Pensó que tenía tres opciones: identificarse y pedirle explicaciones; hacerse el despistado; o apartarlo por la fuerza. Tras sopesar las tres, se decidió por la segunda, sin descartar la tercera de modo subsidiario.
Olegario pasó una temporada de su oscura juventud en Albania y todavía recordaba los rudimentos de la lengua de aquel país. Le soltó al hombre que se interponía en su camino una parrafada en albano, con variantes de kosovar.
El sujeto encorbatado se quedó atónito ante aquella disquisición verbal en un idioma ininteligible. Y dudó, que era lo que Olegario esperaba. Aprovechando el momento de impasse, el chófer volvió a proferir una sarta de frases de bienvenida típicas de la región cuyo significado no venía a cuento, pero que sonaban muy convincentes. Como el hombre no reaccionaba ni se quitaba de delante, optó por simplificar el mensaje.
-Buskar mákina –dijo, con todo el acento eslavo que pudo entonar.
La luz se hizo en su interlocutor.
-¡Ah! ¿Vienes a buscar una máquina? –preguntó, con expresión de alivio de poder entender lo que decía aquel tipo corpulento con aspecto de boxeador que muy bien podía ser oriundo de cualquier país del Este. El hecho de que las obras estuvieran paralizadas no quitaba la posibilidad de que alguno de los obreros se hubiera dejado algo allí. Era imposible conocerlos a todos.
-Sí. Buskar mákina –enfatizó Olegario, y concluyó-. No enkontrarr.
-¿No la has encontrado? –la costumbre de repreguntar lo que había dicho un extranjero es algo común en los españoles. El chófer lo sabía-. Pues lo siento, no te puedo ayudar.
Olegario adoptó una expresión de enojo, fastidio y resignación que no admitía réplica y se dispuso a salir del edificio. El otro hombre, por fin, se echó a un lado para dejarlo pasar. El chófer salió al exterior del edificio y se dirigió, sin dar más explicaciones, a la salida de vehículos. Por fortuna, se la encontró abierta y se escabulló por ella sin mirar atrás. Como no escuchó ninguna voz que le ordenara detenerse siguió con su papel en la calle y fue a buscar su coche.
Arrancó y salió de la zona con la intención de volver por el camino que le trajo hasta allí. Se detuvo unos cientos de metros más allá, junto al parque de la Sortija –un nombre precioso-, una zona verde agradable que era testigo del esfuerzo de varias personas corriendo y haciendo ejercicio. Allí, ya fuera de la vista de quien pudiera encontrarse en el hotel, se preparó para hacer una llamada. Buscó el número de Damián, un viejo amigo que pertenecía al mundo de la construcción, en el listado de su móvil y lo pulsó.  
-¿Damián?, Olegario al habla. ¿Sigues de liberado en el sindicato?
-Pues claro, es el mejor chollo de mi vida –respondió con tono irónico.
-Hay quien tiene suerte toda la vida, cobrar si trabajar.
-Oye, que uno hace una labor indispensable en esta sociedad de infame capitalismo extorsionador.
-Vale, vale. ¿Ya terminaste la vendimia? ¿Cómo viene el vino este año?
-Creo que viene bueno. Ya te invitaré al descorche.
-Que no se te olvide. Te llevaré un buen escaldón de los que hace Emelina.
-Sí, por favor. Por ese escaldón te hago el favor que sea.
-Pues de eso se trata, Damián. Necesito algo de información.
-Dos escaldones entonces.
-Quiero saber quién lleva la obra del Hotel Taoro, en el Puerto. Quién es el promotor, la contrata y las subcontratas que están o estaban trabajando en el establecimiento.
-Tengo entendido que hay algún problemilla con el Cabildo, que es el propietario, y por eso está parada la obra. Lo de siempre, algo de dinero. Pero no hay problema, hago un par de llamadas y te informo.
Olegario se despidió y colgó. Miró la hora, casi mediodía. Debía darse prisa en volver a Santa Cruz. La señora Duguesclin le llevaba bastante ventaja y quería estar cerca de Ariosto durante la entrevista. Después de lo escuchado en el hotel, no las tenía todas consigo.
Colocó el móvil sobre el soporte de manos libres y lo activó. Arrancó el Opel Corsa y salió a la carretera de la Dehesa en dirección ascendente. Antes de llegar a la autovía, recibió la llamada de Damián.
-Olegario: el promotor es una empresa que se llama Canaria de Turismo, SL. Lo que ocurre es que acaban de cambiar de contrata. La nueva es una empresa francesa que tiene por nombre Saint Graal Bátiments. ¿Te suena?
-La empresa no me suena –respondió, con cierto asombro-, pero sé de alguien a quien el nombre le va a sonar mucho.


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Estos capítulos corresponden a una iniciativa de Mariano Gambín, en colaboración con sus amigos de Facebook, para aportar un rato de entretenimiento en estos días de reclusión forzosa.
Si has llegado tarde al inicio, puedes leer los demás capítulos en misterioenlalaguna.blogspot.com, y ofrecer ideas para su continuación.



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