MISTERIO EN LA LAGUNA. CAPÍTULO 16

El Audi de la señora Duglesquin avanzaba por la autovía en dirección norte disfrutando del poquísimo tráfico que circulaba a aquella hora. Ambrosio, el chófer, se mantenía atento a la carretera ignorando, o al menos eso parecía, la conversación que se desarrollaba en el asiento trasero. Ariosto se estaba recuperando de la noticia de que estaba su vida en peligro.
–De acuerdo –convino con la señora, sin poder contener un leve tono de incredulidad–. Estoy en peligro. Ahora explíqueme por qué, haga el favor.
La señora, a los ojos de su invitado, o era una actriz consumada o aparentaba estar en realidad bajo una cierta tensión.
–Le contaré una historia que se remonta muy atrás en el tiempo.
–Parece que tenemos tiempo. La escucharé atentamente.
–La leyenda del Grial, el cáliz del que bebieron Jesucristo y los Apóstoles en la Última Cena, es inmemorial. Tuvo su expansión en la Edad Media, sobre todo con los libros de caballerías, en que algunos de sus héroes recorrían el mundo conocido en su búsqueda.
–Me acuerdo de un libro de mi biblioteca: Perceval o la búsqueda del Santo Grial, de la saga del Rey Arturo y los caballeros de la tabla  redonda.
–Esa es una de las más famosas, desde luego. Pero hubo más. Como sabrá, detrás de toda leyenda siempre hay un poso de realidad. Con independencia de atributos mágicos que se hayan podido adjudicar a ese objeto, su existencia es un reclamo para los seguidores de cualquier tipo de reliquia sagrada. Los cristianos lo desean para venerarlo y los enemigos del cristianismo para vituperarlo. En suma, todo lo mundo lo quiere, por uno u otro motivo.
–No me irá a contar ahora la historia de los templarios que lo encontraron en Tierra Santa y lo trajeron a Europa a escondidas del mundo.
La mujer no pareció ofendida por la interrupción.
–Es usted un escéptico –reconoció–. Mejor, así no se verá influenciado por nada de lo que haya leído antes. Esa historia de los templarios es una más de las que se cuentan, y algo encontraron bajo el antiguo templo de Jerusalén, no le quepa duda, aunque no el Grial. Los estudiosos que se han planteado el tema con seriedad en los últimos quinientos años concluyen que existen tres pistas que evidencian la existencia de tres cálices de los que uno de ellos, con gran probabilidad, fuera el original.
–Pues eso es nuevo para mí. Prosiga, por favor.
–Es un secreto al que pocos iniciados han llegado. Pero ese secreto fue robado hace veinte años. 
–Esto se pone interesante. Un robo de por medio.
–Algo peor. La persona que lo poseía fue asesinada después de revelarlo.
–Me recuerda a la película el Código da Vinci.
–Esa es una burda recreación de la realidad tal como es. No se lo tome a broma y déjeme explicarle.
Ariosto decidió dejar la sorna para otro momento. Escucharía lo que tenía que decir aquella mujer y luego le contestaría lo que pensaba. Para él, todos aquellos cuentos de leyendas templarias pertenecían al pasado, y estaban ya bien enterrados en el siglo XXI.
–Señor Ariosto, le puedo asegurar que fue tal como lo cuento, ya que el asesinado fue mi marido.
Ariosto se envaró en el asiento. La señora Duglesquin lo miraba con una intensidad que evidenciaba que decía la verdad.
–Usted disculpe. Continúe.
–Los buscadores serios del Grial se habían reducido a muy pocas personas. Tres de ellos lograron acceder a las pistas que llevaban al lugar donde se encontraba el verdadero Grial. De los tres cálices, solo uno era el auténtico. Los otros dos se revelaron falsos. Pero esa última copa sagrada había desaparecido. Todavía nadie ha logrado dar con ella.
–Le puedo asegurar que yo no sé dónde está.
–Lo sé. Déjeme continuar. En el último año apareció una nueva pista sobre el posible paradero de esa pieza tan valiosa. Se trata de un manuscrito del siglo XVI, concretamente un libro de cuentas de un mercader veneciano que comerciaba por el Mediterráneo y por el Atlántico en los primeros años del reinado del rey Carlos.
–Carlos Primero de España y Quinto de Alemania, que subió al trono en 1517.
–Exacto. El  documento apenas llamó la atención porque aparentaba ser un mero libro contable, uno de tantos que se conservan en los archivos. En este caso, en el archivo del Dux de Venecia. La literatura contable, como sabe, es sumamente farragosa y apta solo para especialistas, que se fijan más en los números que en otros detalles. Y existía una particularidad en una nota al margen de uno de los apuntes contables. Solo una en los más seiscientos folios que tiene el libro, uno más entre los miles de libros que conserva el archivo.
–Ha logrado captar toda mi atención. ¿En qué consistía esa particularidad?
–Era el coste del flete de un esclavo liberado desde las Islas Canarias a cualquier puerto de la Castilla peninsular.
–Estamos hablando de que alguien de Canarias liberó a un esclavo y le pagó el billete de salida de las islas en el barco del mercader veneciano con dirección a la península. ¿No es así? Tuvo que ser un amo muy generoso.
–Acierta en todo, señor Ariosto. Lo interesante no es el apunte del coste del viaje en sí, sino una nota aclaratoria al margen. Esa nota decía, textualmente: Juanico, liberto. Pasaje a  Castilla. Dice que su amo poseía la  santa copa del Mesías. Que él ayudó a esconderla en el crucifijo de San Francisco.
–¿Qué San Francisco? ¿Lo sabe usted? Hay muchos.
–El esclavo liberado embarcó en Tenerife. ¿Cuántos crucifijos había en alguna iglesia dedicaba a ese santo en aquella época?
Ariosto pensó la respuesta.
–Me viene a la memoria uno de ellos, pero es posible que hubiera varios. Esa pregunta convendría hacérsela a un especialista. ¿Y por qué relaciona esa historia conmigo? ¿Qué tengo yo que ver con todo eso?
–El libro contable nos informa que una tempestad desvió de su ruta al barco y lo obligó a recalar en Rímini para guarecerse. Allí se bajó el tal Juanico, harto de tanto mareo.
–¿Y se sabe qué fue él?
–Las investigaciones de mi marido dieron fruto. El liberto nunca volvió a Castilla. Viajó por Italia y acabó viviendo en Ferrara, en una casa conocida como Parva Domus, entrando al servicio de un personaje famoso del lugar. ¿Sabe a quién me refiero?
Ariosto miró a la mujer con un gesto de incredulidad y asintió.
–Lo sé perfectamente. Ludovico Ariosto, mi antepasado.



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