MISTERIO EN LA LAGUNA. CAPÍTULO 32

El inspector Galán estaba a punto de salir de la comisaría para disfrutar del descanso del almuerzo cuando recibió una llamada en el móvil. Un breve vistazo a la pantalla le informó que quien llamaba era Ariosto. Se estaba adelantando a la hora convenida para hablar, que era por la tarde. Pulsó el botón verde para contestar.
–Hola, Luis. ¿Alguna novedad?
–Pues sí, estimado amigo, y no son agradables –contestó Ariosto al otro lado de la línea–. He sufrido un allanamiento en mi morada. Un hombre ha entrado por la fuerza, reduciendo a la pobre Fidela, que se ha llevado un susto de órdago. Tras estar un tiempo indeterminado por la casa sin que los que estábamos dentro lo notáramos, ha huido de ella al llegar Sebastián.
–Vaya, lo siento. ¿Y Sebastián ha podido ver al intruso? ¿Fidela podría reconocerlo?
–Ninguna de ambas cosas. Por desgracia, el primero no lo vio en ningún momento, y Fidela asegura que iba encapuchado.
–Es poco, la verdad, para perseguir al autor.
–Y eso no esto, Antonio. El chófer de la señora Duguesclin, que esperaba en su coche mientras ella estaba en mi casa cuando ocurrió el allanamiento, recibió un golpe en la cabeza por parte de un desconocido. Ha estado inconsciente un buen rato, aunque ahora parece fuera de peligro.
–Y me imagino que tampoco vio nada.
–Relata el mismo caso. No pudo ver a quien le atacaba. Pero debía de ser un experto en el uso de la cachiporra. Con un solo golpe dejó fuera de combate a un hombre fornido.
–Convendría que presentara una denuncia, Luis. No parecen casualidades.
–¿Puedo hacerla en la comisaría de La Laguna? Es que me dispongo a subir en unos momentos, en cuanto el señor Ambrosio, el chófer, termine de recuperarse.
–Lo normal es que la presentara en Santa Cruz, pero si quiere, yo mismo se la tramito. ¿Y qué tiene que hacer aquí, que parece tan urgente?
–El examen e interpretación que hace la señora Duguesclin del crucifijo de mi familia indica que es necesario echarle un vistazo a una cruz que se conserva en el museo de arte sacro de las Claras.
Galán se asombró de la vuelta de tuerca.
–¿De las Claras? Pues creo que está cerrado hoy.
–Lo sé, pero estoy moviendo mis hilos para conseguir que nos permitan una visita privada.
–Si no recuerdo mal, usted ya conoce a la reverenda madre abadesa.
–Sí, aunque no sé si se acordará de mí. Hace ya unos años que la vi durante la crisis del secuestro del nuncio papal. De quién seguro que se acuerda es de Pedro Hernández, el archivero. Voy a llamarlo ahora mismo.
–Le deseo suerte. Ya sabe la fama que tiene de cascarrabias esa mujer.
–Le dedicaré la mejor de mis sonrisas. La última vez funcionó.
–Tengo entendido que hizo falta algo más, amigo mío.
–Hay que ver como son los chismes, que corren como la pólvora. En efecto, hubo que añadir una pequeña gratificación pecuniaria. Una limosna cristiana.
–Bueno, si gusta de llamarlo así, por mí no hay problema.
–Un último detalle, Antonio. Dada la fundada sospecha de que puede que tengamos que vérnoslas con gente algo indeseable. ¿Podríamos contar con un poco de protección policial? Es que antes de ir a la comisaría, vamos a pasar por el museo. Es muy urgente que lo hagamos así.
Galán pensó en la petición antes de responder.
–No puedo poner un par de agentes en la puerta del museo. No hay justificación suficiente. Lo que sí puedo hacer es acompañarlos en la visita. ¿Me avisará cuando estén llegando? De la comisaría al museo son dos pasos.
–De acuerdo, así lo haré –contestó Ariosto, algo más tranquilo tras contar con compañía armada–. Hasta dentro de unos minutos.
Ariosto llamó a continuación a Pedro Hernández, que debía de estar en aquel momento trabajando en el Archivo.
–Amigo Pedro –le dijo en cuanto se produjo la comunicación–. Espero que se encuentre bien.
–Pues no me ha ocurrido nada malo desde ayer que nos vimos. ¿Cómo le fue en su visita nocturna a la iglesia de San Juan?
–Pues acabé en el Puerto de la Cruz, y no de fiesta, precisamente. Más tarde le daré los detalles, pero es de crucial importancia que podamos acceder al museo de arte sacro de las Claras.
–Bueno, eso puede hablarse, ya sabe que conozco a la madre abadesa. Si no puede esperar hasta el jueves, que es cuando abre, tal vez lo consiga para mañana. Todo depende del pie con que se haya levantado la reverenda madre.
–Necesito que sea hoy mismo. Es más, ahora mismo.
Hernández se extrañó de la premura de su amigo.
–Me pide usted una utopía, Luis. No se olvide que es un convento de clausura. Y además, es la hora de las hermanas de acudir al refectorio. En cualquier caso, tendrá que ser esta tarde, antes o después de la misa de seis.
–Le ruego que haga lo que sea necesario para que accedamos al museo cuanto antes, Pedro. Si es necesario, recuérdele a la madre el importe del cheque que le firmé en la otra ocasión.
–Ese siempre es un buen argumento. Tiraré de él. Deme unos minutos y le confirmo si podemos ir.
Ariosto se percató de que Hernández ya se había incluido en el grupo. Sonrió por su curiosidad.
–De acuerdo, amigo mío. Haga lo imposible.
Ariosto colgó y se volvió hacia Adela y la señora Duguesclin, que junto con Olegario y Fidela estaban atendiendo a Ambrosio, que se veía mucho más recuperado. Habían aprovechado aquellos minutos para comer algo y prepararse para una tarde que se preveía movida.
A los diez minutos, llamó el archivero.
–Dígame, Pedro.
–Pues he tratado de contactar con las monjas, pero ocurre algo extraño. No contestan a mis llamadas, y eso que siempre hay alguna hermana de guardia en la portería.
A Ariosto le dio un vuelco el corazón.
–Me da la sensación de que no es tan extraño. Nuestra subida a La Laguna se ha convertido en este momento no en un asunto urgente, sino urgentísimo.


  
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Estos capítulos corresponden a una iniciativa de Mariano Gambín, en colaboración con sus amigos de Facebook, para aportar un rato de entretenimiento en estos días de reclusión forzosa.
Si has llegado tarde al inicio, puedes leer los demás capítulos en misterioenlalaguna.blogspot.com, y ofrecer ideas para su continuación.

                               

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