MISTERIO EN LA LAGUNA. CAPÍTULO 33
La Laguna
Sandra esperaba a Marta en el San
Cristóbal Gastrobar, cerca de la iglesia de San Agustín, un restaurante que
combinaba platos clásicos con un ambiente moderno, distinto, pero lagunero. La
había llamado desde el Hospital Universitario para quedar a comer, tenía que
comunicarle algo importante. La arqueóloga se avino, las clases no empezaban en
la universidad hasta el lunes siguiente, y también tenía algo que contarle a
ella.
Marta llegó apenas cinco minutos tarde y
saludó a su amiga con dos besos antes de sentarse con ella.
-¿Cómo te fue en Alemania? Creo que lo que
visitaste es muy bonito.
-Sí, muchísimo –respondió la periodista-.
La verdad es que lo tienen todo muy cuidado, aunque hay pocos sitios donde
tomar una copa después de las ocho de la tarde.
-Las costumbres de aquí no se dan en todas
partes. Lo bueno es saber que vas a volver.
-Estoy de acuerdo. Como aquí, en ningún
lugar.
El camarero se acercó y pidieron lo mismo,
una ensalada de ventresca para compartir y de segundo, falso escaldón de
bacalao al estilo de la casa. De beber, agua, que había que trabajar algo por
la tarde.
-Cuéntame qué es eso que no puede esperar.
-No sé si te has enterado que a don
Adrián, el director del Archivo Diocesano, lo atropellaron esta mañana.
Marta abrió los ojos de la sorpresa.
-¡No! ¡Dios mío! ¿Y está bien?
-Tiene una cadera rota y ahora lo están
operando, pero sobrevivirá. Vengo de hablar con él en el hospital.
-Menos mal. Hay que ver lo que son las
cosas, ayer estuve con él en el archivo. Pero, ¿por qué lo has visto allí?
-Coincidencias. Le había pedido cita para
entrevistarlo por el asunto de la mujer emparedada, igual que a ti. Por lo que
parece, perdió su móvil en el lugar del atropello y la policía, como no sabía
quién era el accidentado, hizo una rellamada al último número que figuraba en
el aparato, que era el mío.
-Entonces, eres la primera que se ha
enterado del accidente. No hace falta que busques las noticias, te llegan
solas.
-Algunos dicen que eso es olfato
periodístico, pero yo creo que son solo casualidades. De lo que quería hablarte
es que pude ver a don Adrián antes de que entrara en quirófano y me comentó que
tenía que darte una noticia importante.
Marta volvió a sorprenderse. Pero tuvo que
esperar un instante cuando el camarero les trajo la ensalada.
-¿A mí? ¿Qué noticia?
-Me dijo que en unos papeles antiguos que
estaba revisando, apareció el nombre de uno de los propietarios antiguos de la
casa donde está ahora el archivo.
-¡Ese es un gran descubrimiento! ¿Tienes
detalles?
Sandra sacó de su bolso el cuadernillo
donde tomaba notas.
-No tuve mucho tiempo para hablar con él,
pero me indicó que había que buscar un nombre –La periodista pasó hojas hasta
encontrar el dato-: Manuel Solórzano y Quesada.
Marta se quedó perpleja, le sonaban los
apellidos sueltos, pero no reunidos en una persona en concreto.
-Pues no lo conozco. ¿Te dijo algo más?
-Que ese hombre figuraba en una escritura
de 1805 como propietario de la casa. Que era un hilo del que se podía tirar.
-Eso está claro –convino la arqueóloga-.
Pero el emparedamiento tuvo que ser bastante anterior, como sesenta o setenta
años antes. Ese hombre no pudo ser el responsable.
-Tal vez alguno de sus antepasados. Las
casas se heredaban.
-Pero también se vendían. No importa. Ya
tenemos un dato y echaremos mano de Pedro Hernández y del profesor Lugo de
nuevo.
-Son unos soles, la verdad. ¿Y qué me
tenías que contar tú?
-Estuve revisando con Pedro las
fotografías de la abadía alemana que me enviaste. Las inscripciones son muy
especiales.
Ahora fue Sandra la sorprendida.
-¿Si? ¿Por qué?
-La caligrafía, sobre todo en algunas
letras, se utilizó muy poco a lo largo de la Historia. Era propia de un grupo
de personas muy reservado. Una orden secreta medieval.
-Desde luego que aquella iglesia parecía
de la Edad Media. Pero, ¿orden secreta?
-En efecto: la Orden Secreta de los Custodios
de la Cámara Santa, que se dedicaban a recopilar y guardar objetos que hubiera
tocado Jesucristo.
-¿Los custodios de qué? –preguntó Sandra,
desconcertada.
-De la Cámara Santa. Me imagino que se
refiere al sepulcro de Cristo, pero no estoy segura.
-¿Algo así como la sábana santa y esas
cosas?
-Eso parece, incluyendo el Grial, la copa
con la que bebió en la Última Cena.
-Siempre me he preguntado si solo tenían
una copa para todos. No me parece normal tantos hombres pegando los labios en
el mismo vaso.
-No nos metamos en ese terreno, que son
arenas movedizas. Hay otro detalle inquietante en torno a las inscripciones
alemanas.
-Ya me has intrigado.
Marta esperó un segundo a que el camarero
retirara el plato vacío de la ensalada y colocara el del bacalao, que olía de
maravilla.
-En el lugar del emparedamiento apareció
escrita, por dentro, una frase en la pared.
Sandra volvió a sorprenderse, esta vez de
espanto.
-¿Las últimas palabras de la víctima?
Marta asintió con los ojos.
-Eso parece. Y con una caligrafía muy
similar, por no decir la misma, que la de tu abadía alemana.
Sandra tardó unos segundos en asimilar el
dato.
-¿Me estás diciendo que esa forma de
escribir es de una orden secreta, y que ha aparecido aquí, en La Laguna, al
lado de una mujer que fue asesinada hace trescientos años?
-Más o menos es eso, sí –respondió la
arqueóloga-. Señalaba como el culpable de sus desgracias a un “protector”,
signifique lo que signifique esa palabra.
-¿Un padre? ¿Un tío? ¿Un tutor?
-Todavía no lo sé. Gracias a don Adrián y
a ti, ahora tenemos un nombre.
-Don Manuel Solórzano y Quesada. Me da que
el bueno de don Manuel nos va a arrojar luz sobre este misterio. Pues habrá que
decírselo a Pedro Hernández, el archivero, para que lo investigue.
-Me ha llamado hace un momento para excusarse,
ya que esta tarde no puede investigar. Estará ocupado con Ariosto en el examen
de una cruz antigua. En un asunto confidencial de gran importancia, me dijo.
-¿Con Ariosto? Lo de las cruces es una
debilidad suya, acuérdate de la exposición de la fue comisario. ¿Qué se traerá
entre manos?
Marta sonrió al pensar en el amigo común
de ambas mujeres.
-No lo tengo muy claro. Solo sé que
Antonio estuvo con él en el Santuario del Cristo el sábado de madrugada. Por lo
visto, alguien relacionado de alguna manera con él entró en la iglesia y lo
revolvió todo.
-Ariosto y Galán juntos en El Cristo a las
tantas. Y ahora examinando una cruz con Pedro. Pues ya tenemos otro misterio
–dijo Sandra-. Lo llamaré en cuanto salga de aquí. ¿Crees que tendrá algo que
ver con lo que tenemos entre manos?
- Tendría que ser muchísima casualidad que
estos dos acontecimientos estén relacionados. Yo lo descartaría por completo.
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Estos capítulos corresponden a una
iniciativa de Mariano Gambín, en colaboración con sus amigos de Facebook, para
aportar un rato de entretenimiento en estos días de reclusión forzosa.
Si has llegado tarde al inicio, puedes
leer los demás capítulos en misterioenlalaguna.blogspot.com, y ofrecer ideas
para su continuación.

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