MISTERIO EN LA LAGUNA. CAPÍTULO 21.

Archivo Histórico Provincial. La Laguna.

Marta recibió un mensaje en su móvil en el momento de entrar en el archivo. Sandra se excusaba de reunirse con ella por una urgencia en el hospital, sin más detalles, y avisaba que se verían por la tarde.
Al salir del ascensor que le llevó a la tercera planta, a la arqueóloga le pareció que las losas del suelo, confeccionadas con un material que asemejaba corcho sintético, sonaban menos que antes. ¿Sería por el uso? Pasó por delante del despacho del director y se asomó a saludarlo. Estaba, como siempre, agobiado con papeles, llamadas y visitas. Luego entró en el pasillo reservado al personal del archivo y a las personas de confianza, grupo en el que ella se encontraba por autorización expresa de Pedro Hernández, tuviera o no tuviera poder para ello. Lo encontró en su sala de trabajo, enfrascado en un legajo abierto con letra del siglo XVIII. Hernández era el archivero que mejor conocía la Historia de La Laguna en sus siglos de oro, sobre todo el XVIII. Por ello, Marta, de modo recurrente, acudía a él en busca de información. Si Pedro no disponía de ella de inmediato, se desvivía por proporcionársela en tiempo récord. Marta esperaba que en este nuevo caso ocurriera así.
-Buenos días, Pedro. ¿Cómo estás?
Una amplia sonrisa se dibujó en el rostro del archivero. Se levantó y saludó a su amiga con dos besos.
-Hasta ahora me poseía un cierto aburrimiento, pero creo que me vas a sacar de él enseguida. ¿Qué me traes hoy?
-Un esqueleto encadenado y emparedado.
Los ojos de Hernández se abrieron de la sorpresa.
-¡Hay qué ver! Cada vez que vienes es más truculenta la historia.
Marta le relató el descubrimiento del día anterior, su entrevista con el profesor Lugo y la propuesta de investigación documental que este le había indicado. Hernández se tomó unos segundos de reflexión.
-Veamos –dijo tanto para Marta como para sí-, una mujer joven encadenada y emparedada en la casa que hoy es el Archivo Diocesano. Quien la encerró allí, o tal vez otra persona, volvió a abrir la pared para asesinarla. Estamos hablando del siglo XVIII, año arriba, año abajo.
-Correcto. Esas son mis suposiciones a la luz de las evidencias arqueológicas. Cuando los compañeros del laboratorio emitan su informe, sabremos más.
-Es evidente que el Obispado no tiene nada que ver con el asunto, ya que no era el propietario de esa casa en aquella época. Por lo que me dices del apelativo de “protector” que aparecía escrito en la pared, debió tratarse de una persona de cierta relevancia social, al menos quien protegía. Esos ciudadanos están mucho mejor documentados que la gente del pueblo llano, que quedó en su gran mayoría en el olvido del anonimato.
-¿Hay alguna forma de averiguar quién era el propietario de la casa?
-De aquella época, no. Tiene que ser una causalidad que en alguna escritura aparezca la referencia concreta. El hecho es que hay cientos de miles en este archivo y no hay un catálogo de referencias fiable. Es imposible buscarlas de manera sistemática. Otra cosa sería si supiéramos el año concreto. Entonces la investigación podría hacerse con algo más de fundamento.
-¿Y lo de las cartas de tutela? ¿Y los libros de defunciones?
-Podemos empezar con las tutelas, que deben ser muchas, pero es algo. En cuanto a las muertes, o en este caso, falta de registro de la muerte de la joven, es como buscar una aguja en un pajar, pero esos libros están en las parroquias o en el propio archivo Diocesano. Habrá que realizar una investigación en ambos archivos. Tendrás que camelarte a Jaime, el archivero diocesano.
-Lo conozco. Hablaré con él. Pero antes tenemos que tener el listado de las mujeres tuteladas.
-Ten en cuenta un detalle, Marta. En el texto de la pared decía “protector” y no tutor. Tal vez se trate de otro tipo de relación, más personal o familiar, que no figure en los documentos. En ese caso no la encontraríamos nunca.
-Soy consciente de ello, pero podemos intentarlo. En cuanto datemos los huesos y los restos que rescatamos ayer, tendremos una horquilla temporal para comenzar la investigación.
Hernández se rascó la cabeza, pensativo.
-Es mucho trabajo. Nos va a llevar bastantes horas rebuscar en los viejos papeles.
-Le dedicaremos solo una semana. Si no encontramos nada, lo dejaremos. Te enviaré unos cuantos alumnos para ayudarte.
-Eso está mejor. Pero tengo una pregunta para ti.
-Dime.
-Si descubres quién es el asesino, ¿qué harás? El delito lleva mucho tiempo enterrado. Tal vez a alguna familia ilustre lagunera no le apetezca que se aireen viejos fantasmas.
-Lo decidiremos en su momento, Pedro. Pero la Historia es la Historia, guste o no guste.
-La Historia muchas veces se ha escrito para que guste. En ocasiones ha convenido mirar para otro lado. Pero estoy de acuerdo contigo. Empezaremos en cuanto me comuniques la datación de los restos del Archivo Diocesano.
Marta sonrió, Pedro se había rendido.
-Cambiando de tema, tengo otra consulta que hacerte.
Marta sacó de su bolso una Tablet, que encendió y en la que arrancó el programa de tratamiento de imágenes. Encontró las que buscaba y se las mostró al archivero.
-¿Conoces este tipo de letra? La he visto en dos lugares distintos.
Hernández se puso las gafas de cerca y examinó las fotos. Marta notó cómo se ponía tenso. Se volvió hacia ella, con expresión intranquila.
-Marta, ¿de dónde has sacado estas imágenes? ¿No sabes a quién pertenecen?
-Pues no, por esto te lo pregunto.
-¿Has oído hablar de la Orden Secreta de los custodios de la Cámara Santa? Se sabe muy poco y se cuentan cosas de ella. Y todas son terribles.


................................
Estos capítulos corresponden a una iniciativa de Mariano Gambín, en colaboración con sus amigos de Facebook, para aportar un rato de entretenimiento en estos días de reclusión forzosa.
Si has llegado tarde al inicio, puedes leer los demás capítulos enmisterioenlalaguna.blogspot.com, y ofrecer ideas para su continuación.


Comentarios

Entradas populares de este blog